Miedo al ridículo

 

Alguna vez algunos de nosotros hemos pensado: “trágame tierra”, “daría algo por desaparecer” o “me quiero morir”.

Son expresiones cotidianas que utilizamos cuando nos enfrentamos a situaciones que no controlamos, bien porque son nuevas o bien porque participan de ellas personas que no conocemos.

El miedo al ridículo es una reacción de preocupación que nos invade cuando tememos hacer o decir algo inconveniente tanto nosotros como los demás. El sobrevalorar los convencionalismos sociales y la excesiva sensibilidad a las opiniones están en la base de estos temores.

Cualquiera de nosotros a lo largo del día podemos enfrentarnos a situaciones nuevas, a personas desconocidas con las que interaccionar. Los seres humanos estamos constantemente sometidos al escrutinio de la sociedad.
Es por ello que el miedo al ridículo es algo que le ocurre a multitud de personas.

El problema comienza cuando fruto de ese temor a la evaluación negativa comenzamos a llevar a cabo conductas de evitación y aislamiento. Los temores aparecen por detalles insignificantes, detalles que pasan desapercibidos para los demás, pero no para nosotros.

Es por ello que, con todas nuestras fuerzas, intentamos que no nos descubran con comportamientos como: intentar que no se nos vea, dejar de hacer cosas que nos apetece por miedo a lo que digan los otros, callarnos, ocultar nuestros sentimientos, dejar de salir.

Cualquier intento de disimular o evitar el ridículo se va a notar, puesto que no podemos ocultar nuestras emociones, es por ello que la premisa básica para combatir este miedo es dejar de hacer justo lo que hacemos para combatirlo.

 

¿Cómo solucionar este miedo?

No intentando ocultar nuestros sentimientos y emociones
Tratar de ser nosotros mismos
Estar orgullosos de nosotros
No hacer depender tanto nuestra conducta de la opinión de los demás
Trabajar los miedos e inseguridades en ámbitos sociales, aprender a interpretar las situaciones de manera más constructiva, confrontar nuestros pensamientos negativos.
Nuestro equilibrio psicológico y emocional depende en buen grado de un buen ajuste social, que implica defender nuestros derechos como personas, como puede ser el derecho a equivocarnos, a tener opinión propia y defender nuestra opinión frente a los que intentan convencernos de lo contrario.

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